Diálogo de regreso / Ida

¿Por qué tanto miedo hijo? Ya no puedo hacer más que pedir perdón, sabes bien que daría los años que me quedan por borrarnos los ecos. Aunque pocos, es todo lo que tengo, y aquello sucedió. No se cambia hacia atrás ni mejoras tan enojado. Abre ya los ojos, relaja el ceño; conozco las razones apretadas en cada giro de tu piel. Por suerte dios te dio inteligencia para hacer de los hechos tristes cuentos y quizás, otra historia; no lo incluyas a tu padre en esta, no me lleves a mí, estoy cansada.

Por favor, no me traigas más cuerpos, basta de ofrecerme niñas deshabitadas en la entrada de la casa para que yo haga con ellas tu funeral… nadie vive más allí, sin embargo, los pasillos acumulan sueños impenetrables.

Te acercas cada vez más delgado y yo ardo por dentro, la sonrisa que envolvía tu rostro desapareció como si nunca hubiese estado. ¿La recuerdas? Qué desapariciones espantosas esas, de las que no dejan huella y un llanto huérfano. Te aconsejo olvidar lo que no vuelve, para no repetirlo injustamente deformado.

No es lo peor la sangre en tus manos, sino que te desangres. Lo más triste es el frío que me asfixia al abrir la puerta, temiendo encontrarte junto a una de ellas. No podemos seguir así. Por favor hijo mío, no más cuerpos, es probable que exista algo distinto a degradarnos.

Hace poco me junté con tu padre. Lo vi preocupado por tu apariencia y sospecha que le robas. Deslizó la carta de otro encierro. No lo juzgues, él solo conoce eso, en el fondo desconfía que olvides los miedos que a él lo encerraron. No es malo, en su pobreza guarda incluso cierta sensatez. Al final, si bien es en vano, también es verdad que encerrado tus muertes se congelan. Pero yo no lo autorizaría, sé que no resistirías de nuevo.

Quisiera evitarte esta repetición de negativas, pero es como si se vayan liberando alevosamente. Y fueran entonces, cuando las creíamos ausentes, nada menos que la latencia del acopio. Verás, esta clase de no poseen otro significado… nada es lo mismo, nadie es igual, preso que en libertad. No callan recuerdos sino que los revivifican. Si te fijas, se relacionan con las demás palabras como vos de niño con tu hermano. De una manera que no somete las cosas y nadie es excluido.

Afuera hijito. No temas, una briza buena corre por las calles que antes contemplabas con espanto. Deberías salir a jugar y a encontrarte con los otros. ¿Qué sucede contigo? Qué mal imperdonable habrás hecho que tu mirada seduce y lastima, tus manos acarician y queman.

Si algo no estuvo o si fue demasiado, no escarbes entre mi ropa, deja ya tus entierros absurdos, porque hoy nada te sobra. Fíjate cómo estás, por momentos te mueves y buscas, sos centro y todo te golpea en lo más hondo. De pronto, das un portazo y te secas, pasas meses sin un rayo de sol. Si te alcanzo un plato y acaricio tu espalda, cuando tus labios presentan la rigidez de una roca, las noches se alargan y no puedo curarte el desvelo. Hijo, yo me quedo a tu lado, pero no me pidas que te mire a los ojos.

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